Monday, August 31, 2026

El “cuidado” que falta en el debate de las fotomultas

Colombia volvió a discutir sobre las fotomultas. El 23 de agosto, el Ministerio de Transporte anunció una revisión integral de los sistemas automáticos y semiautomáticos de detección de infracciones que operan en el país. La revisión verificará su autorización y sustento técnico y legal, considerando la siniestralidad, los límites de velocidad, la señalización y las condiciones de cada corredor. El Gobierno también anunció que revisará las reglas para autorizar nuevos dispositivos.

 

El principio que plantea el Ministerio es que la detección electrónica debe servir para prevenir siniestros y salvar vidas, no convertirse en un mecanismo de recaudo. Pero hay un riesgo en la manera como estamos planteando esta conversación. Si reducimos el debate a cuánto recaudan las cámaras, podemos terminar discutiendo con enorme precisión el costo de la fiscalización y con mucha menos precisión el costo de aquello que la fiscalización busca evitar. 

 

Y las cifras actuales deberían preocuparnos. De acuerdo con datos preliminares de Medicina Legal divulgados por la Alianza de Velocidades Seguras y la Universidad de los Andes, entre enero y junio de 2026 murieron 4.753 personas en las vías colombianas, frente a 4.152 en el mismo periodo de 2025: 601 muertes adicionales, un incremento de 14,5 %. Eso equivale, aproximadamente, a 26 muertes diarias. De las personas fallecidas, 3.847 fueron hombres y 906 mujeres. Los motociclistas explican buena parte del incremento: 538 muertes adicionales frente al mismo periodo del año anterior. Estas cifras son preliminares y, según advierte el propio boletín, aún no habían sido corroboradas por el Observatorio Nacional de Seguridad Vial. Esto, además, demuestra que la mortalidad vial tiene un marcado componente de género, porque ocho de cada diez personas fallecidas fueron hombres. Pero observar únicamente a la víctima directa cuenta solo una parte de la historia. Cuando una lesión genera dependencia temporal o permanente, aparece otra pregunta: ¿quién absorbe el cuidado que esa dependencia produce?


Fuente: Alianza de Velocidades Seguras, Universidad de los Andes y campaña Conduce a 50, Vive al 100 (2026), con datos preliminares del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. Datos no corroborados por el Observatorio Nacional de Seguridad Vial.


En este contexto, revisar las fotomultas es necesario. Pero la pregunta no debería ser simplemente si queremos más o menos cámaras. Debería ser qué intervenciones funcionan para evitar muertes y lesiones graves y bajo qué condiciones.

 

La legislación colombiana ya establece, de hecho, ese principio. La Ley 1843 de 2017 condiciona la instalación de estos sistemas al cumplimiento de criterios técnicos de seguridad vial. Y la Ley 2251 de 2022 va más allá porque exige evaluar su impacto sobre el número de siniestros, personas lesionadas y fallecidas. Es decir, la discusión que hoy tenemos ya tiene una respuesta normativa parcial y es que las cámaras no deberían evaluarse por el número de comparendos que producen, sino por sus resultados en seguridad vial. Y esto implica una regla sencilla para la discusión actual y es que ni el número de comparendos demuestra que una cámara sea una política recaudatoria, ni llamarla “Cámara Salvavidas” demuestra que salve vidas. Ambas afirmaciones requieren evidencia.

 

Bogotá es hoy uno de los escenarios donde esta tensión resulta más visible. Mientras el Gobierno Nacional anuncia la revisión de los sistemas de fotodetección, la Secretaría Distrital de Movilidad avanza en la instalación de 18 nuevas cámaras en corredores como la NQS, la avenida de Las Américas y la avenida El Dorado. La decisión ha generado controversia y más de 30 concejales de distintas bancadas solicitaron suspender su entrada en operación mientras se revisan, entre otros aspectos, los estudios de siniestralidad que justifican su ubicación, la señalización, la calibración, los contratos y su efectividad para reducir muertes y lesiones. El Distrito, por su parte, sostiene que las nuevas cámaras cuentan con autorización de la Agencia Nacional de Seguridad Vial y responden a criterios técnicos de seguridad vial. 

 

Este caso muestra por qué la discusión no puede resolverse únicamente alrededor del recaudo. La pregunta que plantean quienes cuestionan las nuevas cámaras, de si puede demostrarse que sirven para salvar vidas, es pertinente. Pero esa pregunta exige mirar la evidencia disponible. Bogotá cuenta con una evaluación específica de su sistema de fotodetección, publicada por el Observatorio de Movilidad en enero de 2026, que utiliza diferentes aproximaciones metodológicas y encuentra reducciones en la siniestralidad en los segmentos intervenidos.

 

Esto no significa que los resultados obtenidos por las cámaras existentes justifiquen automáticamente cada uno de los 18 nuevos dispositivos. Cada ubicación debe demostrar su necesidad y posteriormente sus resultados. Pero tampoco sería consistente exigir evidencia para instalar una cámara e ignorar la evidencia disponible sobre los efectos de la fiscalización electrónica.

 

La evidencia internacional refuerza esa precaución. Una revisión sistemática publicada este año en Accident Analysis & Prevention analizó 94 estudios sobre cámaras de velocidad. El meta-análisis encontró una reducción promedio de 7,57 km/h en la velocidad, aunque los autores advierten que los efectos varían según el tipo de vía, el límite de velocidad, la geometría y otras condiciones del entorno (Amancio et al., 2026).  

 

Por eso, decir que “la seguridad vial no se resuelve únicamente instalando cámaras”, como señala el Ministerio, es correcto. La gestión de la velocidad requiere diseño vial seguro, límites adecuados, señalización, control, tecnología, educación y capacidad institucional. Pero de ahí no se desprende que la fiscalización electrónica sea innecesaria. Se desprende que debe formar parte de una política integral y ser evaluada rigurosamente.

 

Hasta aquí, sin embargo, falta algo en el debate. Es el costo que casi nunca contamos y que se ha convertido en una de mis nuevas obsesiones de estudio: el cuidado. Cuando evaluamos los efectos de un siniestro vial pensamos en personas fallecidas y lesionadas, hospitalizaciones, rehabilitación, incapacidades, daños materiales y pérdidas de productividad. Pero un siniestro no termina cuando la persona lesionada sale del hospital. Una lesión grave puede hacer que alguien necesite ayuda para levantarse, bañarse, comer, desplazarse, asistir a terapias, realizar trámites o cumplir actividades básicas de la vida cotidiana. Esa necesidad produce algo que rara vez aparece en la discusión sobre seguridad vial: trabajo de cuidado.

 

Y tenemos evidencia colombiana sobre su magnitud. Un estudio realizado con personas lesionadas en siniestros de tránsito en Medellín encontró que el 73,3 % necesitó al menos un cuidador durante su convalecencia. En el 88,5 % de esos casos quien cuidó fue un familiar, frecuentemente la madre, la pareja o hermanos, sin recibir remuneración. La intensidad es todavía más reveladora, porque el cuidado requirió en promedio 11 horas diarias, siete días a la semana, durante tres meses (Lugo-Agudelo et al., 2016).  

 

Once horas diarias durante tres meses no son una consecuencia marginal del siniestro. Son tiempo que alguien deja de dedicar al trabajo remunerado, al estudio, al descanso, a sus actividades personales o al cuidado de otras personas. Una parte del costo social de la siniestralidad vial se externaliza hacia los hogares en forma de trabajo de cuidado no remunerado. Y tampoco podemos asumir que ese costo se distribuye de manera neutral. Y tampoco podemos asumir que ese costo se distribuye de manera neutral. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo muestra que las mujeres en Colombia continúan dedicando considerablemente más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado (DANE, 2025). Por eso las consecuencias de una lesión vial pueden extenderse mucho más allá de la persona registrada como víctima y reproducir desigualdades que ya existen dentro de los hogares.

 

La unidad de análisis de la seguridad vial, en algunos casos, debería ser también el hogar. Y, considerar esto, cambia la manera de evaluar una política preventiva.

 

Una cámara no tiene valor porque imponga comparendos. Tiene valor si contribuye a modificar comportamientos de riesgo y a evitar muertes y lesiones graves. Y cuando una intervención logra evitar una lesión grave, sus beneficios no terminan en una hospitalización que no ocurrió: pueden incluir meses de rehabilitación evitados, ingresos que no se perdieron y necesidades de cuidado que nunca tuvieron que aparecer.

 

Esto, por supuesto, no justifica cualquier cámara. Una cámara sin autorización, mal señalizada, ubicada sin evidencia de riesgo o que no demuestra resultados debe revisarse. También deben examinarse los contratos y los incentivos económicos. Pero la exigencia de evidencia debe operar en ambas direcciones.

 

Por eso la pregunta nacional no debería ser fotomultas sí o fotomultas no. Deberíamos preguntarnos dónde existe un riesgo demostrado, qué intervención puede reducirlo, qué resultados produce y cuánto daño social estamos evitando.

 

En un país que comenzó 2026 con cerca de 26 muertes diarias en sus vías, esa discusión es urgente. Pero para tenerla completa debemos reconocer que un siniestro vial no termina en la vía. Detrás de una persona gravemente lesionada puede haber otra que deja de trabajar, una madre que reorganiza sus días, una pareja que acompaña terapias o una familia que redistribuye durante meses su tiempo y sus ingresos.

 

Si vamos a decidir qué instrumentos de seguridad vial vale la pena mantener, primero tenemos que saber cuánto cuesta realmente aquello que intentamos prevenir. Y mientras el cuidado siga fuera de esa valoración, la cuenta seguirá incompleta.

 

Referencias

 

1. Amancio, E. C., Gadda, T. M. C., Domingos, M. D. I., Bastos, J. T., Bonetti, G. C., Ferreira, S. M. P., Schmitz, A., & Oviedo-Trespalacios, O. (2026). Effectiveness of speed cameras in reducing speed: A systematic review. Accident Analysis & Prevention, 231, 108488. https://doi.org/10.1016/j.aap.2026.108488.

2. Congreso de Colombia. (2017). Ley 1843 de 2017. Por medio de la cual se regula la instalación y puesta en marcha de sistemas automáticos, semiautomáticos y otros medios tecnológicos para la detección de infracciones y se dictan otras disposiciones.

3. Congreso de Colombia. (2022). Ley 2251 de 2022. Por la cual se dictan normas para el diseño e implementación de la política de seguridad vial con enfoque de Sistema Seguro y se dictan otras disposiciones.

4. Departamento Administrativo Nacional de Estadística [DANE]. (2026). Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT), septiembre 2024–agosto 2025. Bogotá: DANE.  

5. Lugo-Agudelo, L. H., Castro-García, P. A., Mejía-Mejía, A., Cano-Restrepo, B. C., Vélez-Jaramillo, D. A., & García-García, H. I. (2016). Determinantes de los costos de la atención y la rehabilitación de personas lesionadas en accidentes de tránsito en Medellín, Colombia. Gerencia y Políticas de Salud, 15(31). https://doi.org/10.11144/Javeriana.rgyps15-31.dcar.

6. Ministerio de Transporte. (2026, 23 de agosto). Ministerio de Transporte revisará el funcionamiento de las fotomultas en todo el país. Gobierno de Colombia.

7. Secretaría Distrital de Movilidad. (2026). Efecto del Sistema de Cámaras de Fotodetección en la Movilidad de Bogotá. Observatorio de Movilidad de Bogotá.

8. Secretaría Distrital de Movilidad. (2026, 20 de agosto). Inicia instalación de nuevas Cámaras Salvavidas en corredores y vías estratégicas de Bogotá. Alcaldía Mayor de Bogotá.  

9. Concejo de Bogotá. (2026, 27 de agosto). Más de 30 concejales le piden al Gobierno Nacional frenar las 18 nuevas cámaras fotomultas en Bogotá. Concejo de Bogotá.  

 

Thursday, June 11, 2026

Más allá del acceso. Hablemos de la permanencia de las mujeres en el sector transporte

Este texto surge de una conferencia que preparé para el Departamento Nacional de Planeación sobre participación laboral (9 de junio de 2026) de las mujeres en el sector transporte y de una pregunta que quedó rondando después del evento: ¿por qué seguimos hablando tanto de acceso y tan poco de permanencia?


Fuente: DNP

Durante los últimos años, gobiernos, empresas y organismos internacionales han impulsado iniciativas para aumentar la participación de las mujeres en el sector transporte. Programas de formación para conductoras, campañas de reclutamiento, becas para licencias de conducción y recategorización, estrategias de visibilización y acciones afirmativas han comenzado a transformar un sector históricamente masculinizado.

 

Y esos esfuerzos son importantes. Sin embargo, existe una pregunta que aparece con mucha menos frecuencia: ¿qué pasa después de la contratación?

 

La verdadera medida del éxito no debería ser cuántas mujeres ingresan al sector, sino cuántas logran permanecer, crecer y construir trayectorias laborales sostenibles. La discusión sobre género y transporte sigue estando demasiado concentrada en el acceso. La evidencia internacional muestra que el desafío más profundo está en la permanencia (ILO, 2024; ITF, 2025; UITP, 2025).

 

El transporte no es un sector económico cualquiera. Es la infraestructura que conecta a las personas con el trabajo, la educación, la salud y los cuidados. También es una de las actividades con mayor capacidad para generar empleo formal e informal (transporte popular) y desempeña un papel central en la transición energética que hoy desafía a las ciudades.

 

Sin embargo, las mujeres continúan estando subrepresentadas. Según la Organización Internacional del Trabajo (ILO), el Foro Internacional de Transporte (ITF) y la Unión Internacional de Transporte Público (UITP), las mujeres representan aproximadamente la mitad de la fuerza laboral mundial, pero su participación en transporte y almacenamiento se ubica alrededor del 12%, mientras que en el transporte público urbano oscila entre el 20% y el 22% (ILO, 2024; ITF, 2025; UITP, 2025).


Fuente: Elaboración propia

La situación colombiana no es muy diferente. La reciente publicación del Departamento Nacional de Planeación (DNP), Una mirada a la experiencia de las mujeres en los sistemas de transporte público: trabajadoras en el transporte, caso colombiano, muestra que para diciembre de 2025 había aproximadamente 1,7 millones de personas ocupadas en la rama de transporte y almacenamiento, pero apenas el 10% correspondía a mujeres. Además, dentro de los sistemas de transporte público analizados, las mujeres representaban solamente el 14% del total de trabajadores vinculados (DNP, 2026).

 

Estos datos suelen utilizarse para justificar la necesidad de incorporar más mujeres al sector. Y efectivamente es necesario hacerlo. Pero la pregunta clave es otra. ¿Por qué seguimos hablando únicamente de acceso?

 

La mayoría de las intervenciones públicas y empresariales parten de una premisa aparentemente lógica y es que si hay pocas mujeres en el transporte, debemos atraer más mujeres al transporte. Así surgen programas de capacitación, procesos de selección diferenciados, campañas de reclutamiento y acciones afirmativas. No obstante, esta mirada tiene una limitación importante. Asume que el principal obstáculo es la entrada. La evidencia sugiere que las mujeres logran ingresar al sector. Lo que resulta mucho más difícil es permanecer en él. Y esto ocurre porque las barreras no desaparecen una vez se firma el contrato. Simplemente cambian de forma.

 

Es precisamente allí donde aparece una discusión que suele pasar desapercibida. Cuando hablamos de permanencia laboral solemos pensar en salarios/honorarios, contratos o posibilidades de ascenso. Pero rara vez pensamos en la infraestructura que hace posible sostener una trayectoria laboral en el tiempo. Y no me refiero únicamente a carreteras, estaciones o vehículos.

 

Uno de los hallazgos más interesantes del documento del DNP es que identifica barreras cotidianas que pocas veces aparecen en las discusiones sobre inclusión laboral. Algunas son tan básicas como la disponibilidad de baños adecuados en patios y terminales. Otras tienen que ver con jornadas extensas, horarios nocturnos, condiciones de operación exigentes o percepciones de inseguridad durante los desplazamientos laborales (DNP, 2026). Estas condiciones afectan particularmente a las mujeres que además sostienen responsabilidades de cuidado en sus hogares.

 

La permanencia laboral también depende de otra infraestructura menos visible: espacios de lactancia, vestidores adecuados, transporte seguro para turnos nocturnos, protocolos frente al acoso laboral y la violencia sexual, mecanismos efectivos de denuncia, oportunidades de mentoría, esquemas de flexibilidad laboral, servicios de cuidado y posibilidades reales de crecimiento profesional. En otras palabras, la permanencia depende de una infraestructura que permita sostener simultáneamente el trabajo y la vida.

 

También es necesario ampliar la conversación sobre las violencias en el trabajo. Con frecuencia, cuando hablamos de género y transporte, la atención se concentra en el acoso sexual. Sin embargo, muchas mujeres hemos enfrentado otras formas de violencia que afectan nuestra permanencia laboral. Hablo del acoso laboral, hostigamiento, aislamiento profesional, deslegitimación de capacidades técnicas, exclusión de espacios de decisión, represalias por denunciar situaciones de discriminación o abuso de poder, entre otras.

 

Estas situaciones pueden ser especialmente complejas en sectores donde predominan formas flexibles de contratación, tercerización o prestación de servicios, ya que los mecanismos de protección suelen ser más débiles o incluso inexistentes. En estos contextos, muchas mujeres participan plenamente en la vida institucional y asumen responsabilidades estratégicas, pero carecen de herramientas efectivas para denunciar situaciones de violencia laboral o exigir medidas de protección y reparación.

 

Si queremos hablar seriamente de permanencia, no basta con contar cuántas mujeres ingresan al sector. También debemos preguntarnos cuántas se ven obligadas a abandonarlo debido a entornos laborales hostiles, y cuántos talentos, conocimientos y liderazgos se pierden como resultado de estas dinámicas. Y aquí aparece otro tema que el sector transporte continúa abordando de manera insuficiente: los cuidados.


Fuente: Elaboración propia

 

La literatura internacional coincide en señalar que las responsabilidades de cuidado son uno de los principales factores que explican las brechas laborales de género (ILO, 2024; UN Women, 2023). La cartilla del DNP retoma esta discusión y plantea una idea contundente: el cuidado no es una barrera periférica. Es un determinante estructural de la participación laboral femenina (DNP, 2026).

 

Los datos más recientes de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE ayudan a dimensionar el problema. Entre 2024 y 2025, las mujeres en Colombia dedicaron en promedio 13 horas y 47 minutos diarios al trabajo total, remunerado y no remunerado, mientras que los hombres registraron 11 horas diarias. La principal diferencia se encuentra en el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Las mujeres dedican 7 horas y 34 minutos diarias a estas actividades, mientras que los hombres dedican 3 horas y 14 minutos.


Esta brecha tiene consecuencias concretas. Determina quién puede aceptar un turno nocturno, quién puede recorrer largas distancias para trabajar, quién puede quedarse horas extras, quién puede asistir a procesos de capacitación y quién puede asumir cargos de liderazgo. Por eso resulta imposible hablar de empleo femenino en el transporte sin hablar simultáneamente de cuidados.

 

Esta discusión adquiere una relevancia aún mayor en el contexto de la transición energética. El sector transporte está entrando en una etapa de transformación acelerada, incluso más rápida que la transformación de muchas de sus estructuras sociales. La electrificación de flotas, los sistemas inteligentes de transporte, la gestión digital de operaciones y las nuevas cadenas de valor asociadas a baterías e infraestructura de carga están generando ocupaciones que hace apenas una década no existían.

 

Y esto representa una oportunidad extraordinaria. Pero también un riesgo, porque si las nuevas ocupaciones se construyen sobre las mismas estructuras que históricamente excluyeron a las mujeres, la transición energética podría reproducir las desigualdades existentes. Tendríamos más buses eléctricos, más infraestructura de carga, más tecnología y más innovación, pero las mismas brechas laborales.

 

La pregunta no es únicamente quién conducirá los buses eléctricos del futuro. La pregunta es quién diseñará, operará, mantendrá y liderará esos sistemas. Y bajo qué condiciones.

 

Afortunadamente, existen experiencias que muestran que otro camino es posible. La Rolita en Bogotá, las iniciativas de conductoras en Chile, Brasil y México, Boda Girls en Kenia, Bombali Bike Ladies en Sierra Leona o Sthree Ride en India, evidencian que los resultados aparecen cuando se combinan formación, mentoría, liderazgo femenino, prevención de violencias, adaptación de infraestructura y medidas de corresponsabilidad en los cuidados.


Fuente: Elaboración propia

Entonces, la inclusión no es un evento. Es un proceso institucional y es que durante años hemos medido el avance de la igualdad observando cuántas mujeres ingresan al sector transporte. Pero tal vez deberíamos empezar a medir algo diferente. ¿Cuántas permanecen? ¿Cuántas ascienden? ¿Cuántas lideran? ¿Cuántas pueden construir una carrera laboral sin renunciar a su bienestar, a su seguridad o a sus responsabilidades de cuidado? Porque la equidad no comienza cuando una mujer cruza la puerta de una empresa de transporte. La equidad comienza cuando ya no tiene que elegir entre quedarse y sostener el resto de su vida.


Fuente: DNP

Referencias

  • Departamento Nacional de Planeación. (2026). Una mirada a la experiencia de las mujeres en los sistemas de transporte público: Trabajadoras en el transporte, caso colombiano. Bogotá, Colombia.
  • International Labour Organization. (2024). Women in the Transport Sector. Geneva: ILO.
  • International Transport Forum. (2025). Women in Transport: Supporting Women as Leaders and Employees. Paris: OECD Publishing.
  • International Association of Public Transport. (2025). Global Employment in Urban Public Transport. Brussels: UITP.
  • UN Women. (2023). Gender Equality in Transport. New York: UN Women.
  • World Bank. (2025). Addressing Barriers to Women’s Participation in Transport. Washington, DC: World Bank.
  • World Bank. (2025). She Drives Change: Empowering Women in Transport. Washington, DC: World Bank.

 

El “cuidado” que falta en el debate de las fotomultas

Colombia volvió a discutir sobre las fotomultas. El 23 de agosto, el Ministerio de Transporte anunció una revisión integral de los sistemas ...